Subiendo por una trocha húmeda, un pastor nos indicó un claro secreto donde las peonías se abrían como hogueras suaves. Hablamos de lluvias tardías, de cabras listas y de un puente que el río casi muerde, mientras el bosque olía a pan tostado y promesa tranquila.
La tarde cayó espesa sobre el cañón, y cuando dudamos del desvío correcto, aparecieron gencianas como luciérnagas estáticas marcando la pendiente amable. Decidimos parar, beber lento y agradecer el día, porque la montaña responde mejor a la calma que a los pasos apurados y ansiosos.
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